Bullying en adolescentes: señales de alerta que los padres deben aprender a reconocer 

El aislamiento, el rechazo a ir al colegio y la tristeza persistente pueden advertir que un adolescente está sufriendo acoso escolar. Aprender a identificar estos cambios y generar confianza en casa es clave para intervenir a tiempo. 

La adolescencia trae consigo cambios de humor, necesidad de independencia y, en ocasiones, conflictos con los padres. Sin embargo, cuando un joven empieza a aislarse, evita ir al colegio o deja de relacionarse con sus amistades, es importante prestar atención. Estas conductas podrían ser señales de que atraviesa una situación de acoso escolar o bullying. 

La preocupación no es menor. Según datos del Ministerio de Salud (Minsa) difundidos recientemente por el diario Correo, más de 1,2 millones de menores recibieron atención por problemas de salud mental en el Perú entre enero y septiembre de 2026. De ese total de atenciones, el 26% correspondió a niños y niñas menores de 11 años y el 16% a adolescentes. Entre los factores ambientales que pueden perjudicar su bienestar emocional se encuentran el bullying, la violencia familiar y otras situaciones de maltrato. 

Para Eduardo Bracamonte, psicólogo y psicoterapeuta, reconocer las señales y mantener una comunicación cercana con los hijos permite detectar dificultades antes de que afecten más seriamente su bienestar. 

Cambios que no deben pasar desapercibidos 

Una de las primeras señales puede ser el retraimiento. Un adolescente que antes conversaba con su familia o compartía actividades empieza a encerrarse en su habitación, se muestra triste o evita interactuar con los demás. 

“Un muchacho o una muchacha que está siendo bulleada llega al hogar cabizbajo, apenado, sintiendo tristeza y se aísla en su habitación, en su espacio y va a mostrar pena, sufrimiento, dolor”, explica Bracamonte. 

También puede aparecer el llanto ante situaciones que antes toleraba, el distanciamiento de su grupo de amigos o el rechazo a asistir al colegio. En algunos casos, el temor a encontrarse nuevamente con quienes se burlan de él o ella puede afectar sus ganas de estudiar y su rendimiento académico. 

El especialista precisa que es importante observar cuánto duran estos cambios. “Los adolescentes a veces suelen tener pena, pero estamos hablando de un comportamiento que se mantiene en el tiempo”. 

Esto no significa que deba esperarse para actuar si existe una sospecha de acoso. La presencia de amenazas, agresiones físicas o un sufrimiento intenso requiere atención inmediata.  

¿Cómo distinguirlo de los cambios propios de la edad? 

Durante la adolescencia es habitual que los jóvenes experimenten cambios de humor, busquen mayor autonomía o se muestren menos comunicativos con sus padres. Por eso, un comportamiento aislado no necesariamente indica bullying. 

La diferencia está en el contexto, la persistencia y el impacto emocional. El acoso implica agresiones o burlas que se repiten, por ejemplo, por la apariencia física, la forma de vestir o el lugar donde vive una persona. No se trata simplemente de una discusión ocasional entre compañeros. 

“Una cosa es la conducta del adolescente propia de la edad y otra cosa son las consecuencias del bullying”, enfatiza Bracamonte. 

Por ello, recomienda prestar atención cuando el joven rompe sus vínculos sociales, deja de disfrutar actividades que antes le gustaban o guarda silencio sobre lo que sucede en el colegio. Aunque estas señales no confirman por sí solas que exista acoso, sí indican que algo puede estar afectándolo y necesita ser conversado. 

Escuchar sin juzgar: una forma de prevención 

Para que un adolescente cuente lo que está viviendo necesita sentir que puede hablar sin recibir reproches ni críticas inmediatas. Preguntarle únicamente cómo le fue en el colegio y conformarse con un “bien” puede no ser suficiente para conocer sus preocupaciones. 

“Como una medida de prevención y para una mejor relación con tu hijo o hija, establece lazos de confianza. Es hablar con él, escúchalo, no lo juzgues”, aconseja el psicólogo. 

Esto implica buscar momentos para conversar, escuchar con atención y evitar minimizar lo que siente con frases como “no hagas caso” o “son cosas de chicos”. Los padres pueden no estar de acuerdo con todas las decisiones o ideas de sus hijos, pero mantener el vínculo cercano facilita que pidan ayuda cuando la necesitan. 

Si el bullying está ocurriendo, Bracamonte recomienda enseñar al adolescente a poner límites y comunicar lo sucedido al docente. Si las agresiones continúan, los padres deben acudir a la dirección del colegio y, si no hay una respuesta adecuada, presentar el caso ante la Unidad de Gestión Educativa Local (UGEL). La intervención no debe recaer únicamente en el estudiante afectado: la institución educativa debe actuar para detener el acoso y protegerlo. 

Cuándo buscar ayuda profesional 

Si la tristeza persiste, el adolescente pierde interés en sus actividades, evita asistir al colegio, presenta una caída en su rendimiento o muestra un deterioro importante en sus relaciones, es fundamental buscar orientación profesional. Las agresiones físicas o las amenazas requieren una intervención inmediata, sin esperar a que aparezcan otras señales. 

El objetivo es evaluar qué está ocurriendo y brindar el apoyo que cada caso necesita. No todo cambio emocional significa depresión ni todo aislamiento se debe al bullying, pero ambas posibilidades deben tomarse en serio cuando hay sufrimiento. 

¿Y si sospecho que es mi hijo quien hace bullying? 

Los padres también deben intervenir cuando descubren que su hijo se burla, humilla o agrede a otros. Bracamonte señala que las conductas aprendidas en el entorno familiar pueden influir en la forma en que los menores se relacionan, junto con dificultades para desarrollar empatía o controlar sus impulsos.  

En estos casos, recomienda corregir la conducta, coordinar con el colegio y revisar los propios modelos de crianza. Si es necesario, la familia puede recurrir a orientación psicológica para cambiar patrones de agresión y aprender formas respetuosas de resolver conflictos. 

Detectar el bullying exige mirar más allá de una mala nota o un cambio de humor. Preguntar, escuchar sin juzgar y actuar ante las señales permite que los adolescentes no enfrenten solos una situación que puede afectar su bienestar emocional y su vida escolar. 

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